lunes, 11 de julio de 2011

CUENTO VENEZOLANO

De cómo Panchito Mandefuá fue a cenar con el Niño Jesús


I

     A ti que esta noche irás a sentarte a la mesa de los tuyos, rodeado de tus hijos, sanos y gordos, al lado de tu mujer que se siente feliz de tenerte en casa para la cena de Navidad; a ti que tendrás a las doce de esta noche un puesto en el banquete familiar, y un pedazo de pastel y una hallaca y una copa de excelente vino y una taza de café y un excelente "Hoyo de Monterrey", regalo especial de tu excelente vicio; a ti que eres relativamente feliz durante esta velada, bien instalado en el almacén y en la vida, te dedico este cuento de Navidad, este cuento feo e insignificante, de Panchito Mandefúa, granuja billetero, nacido de cualquiera con cualquiera en plena alcabala, chiquillo astroso a quien el Niño Dios invitó a cenar.

II

      Como una flor de callejón, por gracia de Dios no fue palúdico, ni zambo, ni triste; abrióse* a correr un buen día calle abajo, calle arriba, con una desvergüenza fuerte de nueve años, un fajo de billetes aceitosos, y un paltó de casimir indefinible que le daba por las corvas y que era su magnífico macferland de bolsillos profundos, con bolsillito pequeño para los cigarrillos, que era su orgullo, y que le abrigaba en las noches del enero frío y en los días de lluvia hasta cerca de la marugada, cuando los puestos de los tostaderos son como faros bienhechores en el mar de niebla, de frío y de hambre que rodea por todas partes, en la soledad de las calles, al pobre hamponcillo caraqueño. Hasta cerca de medianoche, después de hacer por la mañana la correría de San Jacinto y del Pasaje y el lance de doce a una en la puerta de los hoteles, frente a los teatros o por el bulevar del Capitolio, gritaba chillón, desvergonzado, optimista:


     -Aquí lo cargoooo…. El tres mil seiscientos setenta y cuatro; el que no falla nunca ni fallando, archipetaquiremandefuá….!

      El día bueno, de tres billetes y décimos. Panchito se daba una hartada de frutas; pero cuando sonaban las doce y sólo- después de soportar empellones, palabras soeces; agrios rechazos de hombres fornidos que tomaron ron- contaba en la mugre del bolsillo catorce o dieciseís centavos por pedacitos vendidos, Panchito metíase* a socialista, le ponía letra escandalosa a "La Maquinita" y aprovechaba el ruido de una carreta o el estruendo de un auto para gritar obscenidades graciosísimas contra los transeúntes o el carruaje del general Matos o de otro cualquiera de esos potentados que invaden la calle con un automóvil enorme entre un alarido de cornetas y una hediondez de gasolina…; y terminaba desahogándose con un tremendo "mandefuá" donde el muy granuja encerraba como en una fórmula anarquista todas sus protestas al ver, cómo él decía, las caraotas en aeroplano.

      Quiso vender periódicos, pero no resultaba; los encargados le quitaron la venta: le ponía "mandefuá" a las más graves noticias de la guerra, a las necrologías, a los pesares públicos:
-Mira hijito -le dijeron- mejor es que no saques el periódico, tú eres muy "mandefuá".

III

     Tuvo, pues, Panchito su hermoso apellido Mandefuá obra de él mismo, cosa esta última que desdichadamente no todos son capaces de obtener, y él llevaba aquél Mandefuá con tanto orgullo como Felipe, Duque de Orlean, usaba el apelativo de igualdad en los días un poco turbios de la Convención, cuando el exceso de apellidos podía traer consecuencias desagradables.
Pero Panchito era menos ambicioso que el Duque y bastándole su "medio real podrido"-como gritaba desdeñosamente tirándoles a los demás de la blusa o pellízcándoles los fondillos en las gazaperas del Metropolitano.


     -Una grada para muchacho, bien "mandefuá"!De sus placeres más refinados era el irse a la una del día, rasero con la estrecha sombra de las fachadas, y situarse perfectamente bajo la oreja de un transeúnte gordo, acompasado, pacífico; uno de esos directores de ministerio que llevan muchos paquetitos, un aguacate y que bajan a almorzar en el sopor bovino del aperitivo:
- El mil setecientos cuarenta y siete "mandefuá!
-Granuja atrevido!
Y Panchito, escapando por la próxima bocacalle, impertérrito:
-Ese es el premiado, no se caliente mayoral!


    El título de mayoral lo empleaba ora en estilo epigramático, ora en estilo elevado, ora como honrosa designación para los doctores y generales del interior a quienes les metía su numeroso archipetaquiremandefuá.


       Y con su vocablo favorito,que era penegírico, ironía, apelativo -todo a un tiempo-,una locha de frito y un centavo de cigarros de a puño comprado en los kioskos del mercado, Panchito iba a terminar la velada en el Metro con "Los Misterios de Nueva York"; chillando como un condenado cuando la banda apresaba a Gamesson o advirtiéndole a un descuidado personaje que por detrás le estaba apuntando un apache con una pistola o que el leal perro del comandante Patouche tenía el documento escondido en el collar. Indudablemente era una autoridad en materia de cinematógrafo y tenía orgullo de expresarlo entre sus compañeros, los otros granujas:
-Mire, vale, para que a mí me guste una película tiene que ser muy crema.

IV

      Panchito iba una tarde calle arriba pregonando un número "premiado" como si lo estuviese viendo en una bolita… Detúvose en una rueda de chicos después de haber tirado de la pata a un oso de dril que estaba en una tienda del pasaje y contemplando una vidriera donde se exhibían aeroplanos, barcos, una caja de soldados, algunos diávolos, un automóvil y un velocípedo de "ir parado" ….Y, de paso, rayó con el dedo y se lo chupó, un cristal de la India a través del cual se exhibían pirámides de bombones, pastelillos y uns higos abrillantados como unas estrellas.


     En medio del corro malvado, vio una muchachita sucia que lloraba mientras contemplaba regada por la acera una bandeja de dulces; y como moscas, cinco o seis granujas de habían lanzado a la provocación de los ponqués y de los fragmentos de quesillo llenos de polvo. La niña lloraba desesperada, temiendo el castigo.


    Panchito estaba de humor: cinco números enteros y seis décimos ¡ochenta y seis centavos! la sola tarde después de haber comido y "chuchado"… Poderoso. Iría al Circo, que daban un estreno, comería hallacas y podría fumarse hasta una cajetilla. Todavía le quedaban 2 bolívares con que irse por ahí, del Madero abajo para él sabía que…. ¡Una noche muy crema!


     Seguía llorando la chiquilla y seguían los granujas mojando en el suelo y chupándose los dedos….
Llegó un agente. Todos corrieron, menos ellos dos.
-Qué fue, qué pasó!
Y ella sollozando:
-Que yo llevaba para la casa donde sirvo esta bandeja, que hay cena allá esta noche y me tropecé y se me cayó y me va a echar látigo….
Todo esto rompiendo a sollozar.


Algunos transeúntes detenidos encogiéronse de hombros y continuaron.
-Sigan, pues-les ordenó el gendarme.
Panchito siguió detrás de la llorosa.
-Ïye, ¿cómo te llamas tú?
La niña se detuvo a su vez, secándose el llanto.
-¿Yo? Margarita
-¿Y ese dulce era de tu mamá?
-Yo no tengo mamá
-¿Y papá?
-Tampoco
-¿Con quién vives tú?
-Vivía con una tía que me "concertó" en la casa en que estoy.
-¿Te pagan?
-¿Me pagan qué?
Panchito sonrió con ironía, con superioridad:
-Guá, tú trabajo: al que trabaja se le paga, ¿no lo sabías?
Margarita entonces protestó vivamente:
- Me dan la comida, la ropa y una de las niñas me enseña, pero es muy brava.
-¿Qué te enseña?
- A leer… Yo sé leer; ¿tú no sabes?
Y Panchito, embustero y grave:
-¡Pauh! como un clavo…. Y sé vender billetes, y gano para ir al cine y comer frutas y fumar de a caja.
Dicho y hecho, encendió un cigarrillo…. Luego, sosegado:
-¿Y ahora qué dices allá?
- Diga lo que diga, me pagan….- repuso con tristeza bajando la cabecita enmarañada. Un rayo de luz se hizo en la no menos enmarañada cabeza del chico:
- ¿Y cuánto botaste?
- Seis y cuartillo: aquí está la lista- y le alargó un papelito sucio.
-¿Espérate, espérate!-Le quitó la bandeja y echó a correr.
Un cuarto de hora después volvió:
-Mira: eso era lo que se te cayó, ¿nojerdá?
Feliz, sus ojillos brillaron y una sonrisa le iluminó la carita sucia.
- Sí…, era…
Fue a tomarla, pero él la detuvo:
- No; yo tengo más fuerza, yo te la llevo.
-Es que es lejos- expuso, tímida.
-¡No importa!


     Por el camino él le contó, también, que no tenía familia, que las mejores películas eran en las que trabajaba Gamesson y que podían comerse un gofio…
- Yo tengo plata, ¿sabes?- y sacudió el bolsillo de su chaquetón tintineante de centavos.
Y los dos granujas echaron a andar.
Los hociquillos llenos de borona seguían charlando de todo. Apenas si se dieron cuenta de que llegaban.
- Aquí es… Dame
Y le entregó la bandeja.
Quedáronse viendo ambos a los ojos:
-¿Cómo te pago yo?- le preguntó con tristeza tímida.
Panchito se puso colorado y balbuceó:
- Si me das un beso.
- ¡No,no! ¡Es malo!
- ¡Por qué!
- Guá porque sí…..
Pero no era Panchito Mandefuá a quien se convencía con razones como ésta; y la sujetó por los hombros y le pegó un par de besos llenos de gofio y de travesura.
- Grito…., que grito….
Estaba como una amapola y por poco tira otra vez la dichosa dulcera.
- Ya está, pues, ya está.
De repente se abrió el anteportón. Un rostro de garduña, de solterona fea y vieja apareció:
-¡Muy bonito el par de vagabunditos estos!-gritó. El chico echó a correr. Le pareció escuchar a la vieja mientras metía dentro a la chica de un empellón.
-Pero, Dios mío, ¡qué criaturas tan corrompidas éstas desde que no tienen edad! ¡Qué horror!

V

      Era un botarate. No le quedaban sino veintiséis centavos, día de Noche Buena…! Quién lo mandaba a estar protegiendo a nadie…
Y sentía en su desconsuelo de chiquillo una especie de loca alegría interior…. No olvidaba en medio de su desastre financiero, los dos ojos, mansos y tristes de Margarita. ¡Qué diablos!, el día de gastar se gasta "archipetaquiremandefuá"…

VI

      A las once salió del circo. Iba pensando en el menú: hallaca de "a medio", un guarapo, café con leche, tostada de chicharrón y dos "pavos rellenos" de postre. ¡Su cena famosa! Cuando cruzaba hacia San Pablo, un cornetazo brusco, un soplo poderoso y de Panchito Mandefuá apenas quedó, contra la acera de la calzada, entre los rieles del eléctrico, un harapo sangriento, un cuerpecito destrozado, cubierto con un paltó de hombre, arrollado, desgarrado, lleno de tierra y sangre….
Se arremolinó la gente, los gendarmes abriéronse paso…..
-¿Qué es? ¿qué sucede allí?
-¡Nada hombre! que un auto mató a un muchacho "de la calle"…
- ¿Quién?…. ¿Cómo se llama?…
- ¡No se sabe!, un muchacho billetero, un granuja de esos que están bailándole a uno delante de los parafangos… -informó indignado, el dueño del auto que guiaba un "trueno".

VII

Y así fue a cenar en el Cielo, invitado por el Niño Jesús esa Noche Buena, Panchito Mandefuá…




JOSÉ RAFAEL POCATERRA

SABÍAS QUE:

Laura Antillano es una de las escritoras venezolanas contemporáneas más prolíficas, ha incursionado en el cuento, la novela, el ensayo y la narrativa infantil. Su producción literaria se inicia cuando apenas salía de la adolescencia y continúa en actividad. Como narradora ha publicado siete libros de cuentos: La bella época (Caracas: Monte Ávila, 1969), Un largo carro se llama tren (Caracas: Monte Ávila, 1975), Haticos casa No. 20 (Maracaibo: Universidad del Zulia, 1975), Dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir (Caracas: Fundarte, 1983; reeditado en 1992), Cuentos de película (Selevén: Caracas, 1985; reeditado en 1997 en Caracas por la Fundación Cinemateca Nacional), La luna no es de pan-de-horno (Caracas; Monte Ávila, 1988), Tuna de mar (Caracas: Fundarte, 1991). Tiene tres novelas: La muerte del monstruo come-piedra (Caracas: Monte Ávila, 1971; reeditado en 1996 en Maracay por La letra voladora), Perfume de gardenia (Caracas: Selevén, 1982 y 1984; con una tercera edición en 1996 en Valencia, por el Rectorado de la Universidad de Carabobo y La letra voladora) y Solitaria solidaria (Caracas: Planeta, 1990; reeditada en 2001 en Mérida por Ediciones El otro, el mismo). Ha publicado también el hermoso relato infantil Diana en tierra Wayúu (Caracas: Santillana, 1992). Además tiene otro libro de cuentos y dos novelas inéditos.


TEATRO DE TÍTERES








FELICITACIONES

ARÍSTIDES BASTIDAS








¡ DIOS TE CREÓ PARA DEJAR HUELLAS EN EL CAMINO!

NADIE PASA POR LA HISTORIA INADVERTIDO.
NADIE DA PISADAS SIN DEJAR HUELLAS. 
NADIE VIVE SIN DEJAR HISTORIAS. 
HAY MUCHA DICHA POR LOS PASOS DEL QUE TRAE BUENAS NOTICIAS, QUE ANUNCIA LA PAZ Y COMPARTE LA FELICIDAD.
NO TE QUEDES PASIVO. CUMPLE  TU  MISIÓN: 
¿QUÉ HUELLAS QUIERES DEJAR EN EL CAMINO?

Decálogo del perfecto cuentista


I

Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

CONOCIENDO A:

Horacio Quiroga
(1878 - 1937)

       Narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias.
      Las tragedias marcaron la vida del escritor: su padre murió en un accidente de caza, y su padrastro y posteriormente su primera esposa se suicidaron; además, Quiroga mató accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando.


       Estudió en Montevideo y pronto comenzó a interesarse por la literatura. Inspirado en su primera novia escribió Una estación de amor (1898), fundó en su ciudad natal la Revista de Salto (1899), marchó a Europa y resumió sus recuerdos de esta experiencia en Diario de viaje a París (1900). A su regreso fundó el Consistorio del Gay Saber, que pese a su corta existencia presidió la vida literaria de Montevideo y las polémicas con el grupo de J. Herrera y Reissig.

      Ya instalado en Buenos Aires publicó Los arrecifes de coral, poemas, cuentos y prosa lírica (1901), seguidos de los relatos de El crimen del otro (1904), la novela breve Los perseguidos (1905), producto de un viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera, hasta la frontera con Brasil, y la más extensa Historia de un amor turbio (1908). En 1909 se radicó precisamente en la provincia de Misiones, donde se desempeñó como juez de paz en San Ignacio, localidad famosa por sus ruinas de las reducciones jesuíticas, a la par que cultivaba yerba mate y naranjas.

     Nuevamente en Buenos Aires trabajó en el consulado de Uruguay y dio a la prensa Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), los relatos para niños Cuentos de la selva (1918), El salvaje, la obra teatral Las sacrificadas (ambos de 1920), Anaconda (1921), El desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925) y quizá su mejor libro de relatos, Los desterrados (1926). Colaboró en diferentes medios: Caras y Caretas, Fray Mocho, La Novela Semanal y La Nación, entre otros. 

       En 1927 contrajo segundas nupcias con una joven amiga de su hija Eglé, con quien tuvo una niña. Dos años después publicó la novela Pasado amor, sin mucho éxito. Sintiendo el rechazo de las nuevas generaciones literarias, regresó a Misiones para dedicarse a la floricultura. En 1935 publicó su último libro de cuentos, Más allá. Hospitalizado en Buenos Aires, se le descubrió un cáncer gástrico, enfermedad que parece haber sido la causa que lo impulsó al suicidio, ya que puso fin a sus días ingiriendo cianuro.

     Quiroga sintetizó las técnicas de su oficio en el Decálogo del perfecto cuentista, estableciendo pautas relativas a la estructura, la tensión narrativa, la consumación de la historia y el impacto del final. Incursionó asimismo en el relato fantástico. Sus publicaciones póstumas incluyen Cartas inéditas de H. Quiroga (1959, dos tomos) y Obras inéditas y desconocidas (ocho volúmenes, 1967-1969).

      Influido por Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling y Guy de Maupassant, Horacio Quiroga destiló una notoria precisión de estilo, que le permitió narrar magistralmente la violencia y el horror que se esconden detrás de la aparente apacibilidad de la naturaleza. Muchos de sus relatos tienen por escenario la selva de Misiones, en el norte argentino, lugar donde Quiroga residió largos años y del que extrajo situaciones y personajes para sus narraciones. Sus personajes suelen ser víctimas propiciatorias de la hostilidad y la desmesura de un mundo bárbaro e irracional, que se manifiesta en inundaciones, lluvias torrenciales y la presencia de animales feroces.

     Quiroga manejó con destreza las leyes internas de la narración y se abocó con ahínco a la búsqueda de un lenguaje que lograra transmitir con veracidad aquello que deseaba narrar; ello lo alejó paulatinamente de los presupuestos de la escuela modernista, a la que había adherido en un principio. Fuera de sus cuentos ambientados en el espacio selvático misionero, abordó los relatos de temática parapsicológica o paranormal, al estilo de lo que hoy conocemos como literatura de anticipación.

"Quisiera que mi libro"

Quisiera que mi libro
fuese, como es el cielo por la noche,
todo verdad presente, sin historia.
Que, como él, se diera en cada instante,
todo, con todas sus estrellas; sin
que, niñez, juventud, vejez, quitaran
ni pusieran encanto a su hermosura inmensa.
¡Temblor, relumbre, música
presentes y totales!
¡Temblor, relumbre, música en la frente
-cielo del corazón- del libro puro!



                                                                                                         Juan Ramón Jiménez.